La graduación de Xavi

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Si no hubiera sido por un trágico y absurdo accidente, hoy Xavi habría tenido también su graduación, su orla, su diploma y habría interpretado en grupo esa melodía de flauta y ese espectacular número de percusión con un vaso de cartón junto a sus compañeros. No sé si Xavi se hubiera dispuesto en primera fila, o se habría escondido al fondo del escenario, o al borde del telón, pero hoy sería otro niño feliz. Lamentablemente Xavi murió cuando tenía siete años.

Mi compañera sabe que una reunión con más de tres desconocidos puede provocarme un estado de inquietud tan profundo como duradero, por eso me pregunta siempre si quiero acudir a fiestas, ágapes y otras peligrosas veladas donde se reúnen seres humanos y otras especies. Jamás faltaría a la graduación de su hijo Diego, aunque sus compañeros, los padres y las madres de sus compañeros y sus maestros sean unos desconocidos para mí. Para eso se hicieron las cámaras fotográficas, para esconderse tras su objetivo, y para eso si hizo también la última fila en los teatros.

Ayer Diego tuvo su audición de música y venció su timidez de manera notable. Hoy ha sido más fácil, puesto que se ha podido confundir entre sus más de sesenta compañeros en una esquina del escenario, y tras una docena de virtuosas flautistas. Y en el número final de percusión con vaso, ha podido ocupar la fila más lejana. Y en la foto de grupo, ha podido sumergirse entre los cuerpos de la última grada y asomar la cabeza para mirar a su madre sin que nadie pueda advertirlo. Y al recibir finalmente su diploma y bajar del escenario, ha ocupado un asiento junto a su mejor amigo, quizá su único mejor amigo Alejandro.

La directora del colegio ha ofrecido entonces un pequeño homenaje a Xavi. Yo estaba al fondo, más allá de cualquier signo de vida. De pronto, mientras ella hablaba de la terrible pérdida de Xavi, he oído un ruido cerca de mí, en medio de la oscuridad. El ruido se hacía cada vez más evidente entre las bellas palabras de la directora en memoria de Xavi. Pero hasta que no distingues bien, la risa y el llanto se confunden. Entonces he podido reconocer dos pequeñas sombras tapándose la cara con las palmas, llorando desconsoladas. Me he dado cuenta de que eran dos compañeros de Xavi. He pensado que quizá eran ese tipo de niños que se apartan del grupo siempre, que necesitan sentirse a tres metros de distancia siempre. Como yo. He pensado consolarlos, pero quizá era mejor dejarlos, porque los amigos han de reír y llorar juntos, y en soledad. Y yo, al fin y al cabo, soy un señor desconocido que ni siquiera es el padre de nadie.

Pero han seguido así, y yo me he convencido de que no podía parapetarme en la oscuridad por más tiempo, a escasos metros de dos niños de once años que lloran amarga y torrencialmente. Así que he tomado la terrible decisión personal de acercarme hasta ellos. Y, para mi asombro, me he terminado sentando al lado de uno de ellos, el que estaba más cercano, el más pequeño de los dos, el más flaco, el que escondía como podía su llanto en el respaldo de la butaca de delante, el que hundía su cara en las manos con más fuerza, al que más le costaba deshacerse de sus lágrimas. Me he acomodado tranquilamente para hablarle, pero antes de decir una palabra, me he dado cuenta de que ese niño es el que se levanta muchas noches porque tiene miedo, al que le cuesta cada semana ir a percusión, o escoger la ropa para vestirse, o acordarse de llevar consigo el almuerzo, o apuntar los deberes en el cuaderno. Y el que a pesar de todo eso ha sacado unas notas excelentes. El niño con el que vivo cada día. Me he dado cuenta de que aquella sombra irreconocible era en ese momento mi hijastro Diego.

Le he puesto la mano sobre el hombro y no le he dicho nada, me he quedado con él en la última fila en silencio, como hacía siempre cuando tenía su edad. Allí nos hemos quedado los que, aunque necesitamos muchas veces estar a tres metros de distancia de cualquier signo humano, también nos sentimos parte de la vida, y derramamos lágrimas por los amigos que la mala suerte nos arrebata. Y allí nos hemos quedado nosotros dos, y Alejandro.

Y Xavi, claro.