Nit de juliol

Noches de julio y de fiesta en Guardamar. Mujeres de pelo esculpido en vestidos pastel almidonados, ancianas enlutadas sentadas en el dintel, niñas saltando a la goma con pendientes y diademas de plástico. Niños sentados en la puerta embelesados con pasacalles y desfiles. Sudor, humedad y maquillaje cuarteado. Yo tenía cuatro años, veía desde la ventana al gentío transitando toda la noche calle arriba, calle abajo. Mis primas regresaron, les habían regalo algo del carrito frente a la iglesia. Se olvidaron de mí: ni un indio montado en su caballo pinto, ni un soldado azul cargando sable en mano. Me senté a llorar desconsoladamente. Entonces mi padre llegó de alguna parte incierta y me llevó en volandas calle abajo, más allá de la panadería, más allá de la tienda de souvenirs de Anita, incluso más allá de la farmacia y los bares. Yo caminaba deprisa por la calzada aferrado a la mano de mi padre, y lo veía resoplar con su camisa blanca desabrochada y su cigarrillo entre los dedos, sorteando el gentío, avanzando contra corriente en la noche más oscura del verano, “Pel gener mana la lluna, i pel juliol mana el sol”. La cúpula celeste era entonces el cabello ensortijado y azul de mi padre. Llegamos al carrito a punto de irse y mi padre me dijo que eligiera algo sin más adverbios. No lo dude. Yo, a mis cuatro años, elegí una máscara blanca y sonriente, una caretita blanca con goma. Recuerdo nítidamente que mi padre me ajustó la goma sobre mis orejas y me atrapó de la nuca antes de iniciar el vuelo de vuelta. Pero volvimos despacio, con el estómago vacío, como siempre se caminaba con mi padre. Recuerdo nítidamente ver a la gente a través de mi máscara, una máscara en la que no existía la tristeza, ni mucho menos el miedo. Solo el silencio. El silencio en el que estuve hasta cumplir catorce. Recuerdo nítidamente aquella noche oscura en la que regresaba a casa sin saber que era la noche más feliz de mi vida, pero también la última noche de mi infancia.