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Un caballo como cónsul

No sé si Pablo Hasél (sic) ha estado alguna vez en Alicante ni me importa. El caso es que Luis Barcala lo invitó al último pleno de la ciudad. No voy a centrarme en este supuesto artista abyecto más allá de lo que ocupa esta línea de mi procesador de textos.

En la Junta de Portavoces anterior al pleno nos anunciaron dos iniciativas de VOX y PP-Cs relativas a la violencia contra los afines de VOX en las elecciones catalanas y los disturbios, destrozos y saqueos en las manifestaciones de Barcelona en contra del encarcelamiento de Hasél. Ya hace tiempo que los grupos de la oposición manifestamos en este mandato lo inoportuno de traer a este pleno asuntos que no guardan relación con Alicante. Una cosa es traer declaraciones institucionales que instan a otras Administraciones en un supuesto beneficio para la ciudad, y otra bien distinta es traer declaraciones que en nada nos influyen salvo por mecánica cuántica. Nos hemos sonrojado oyendo las excusas de un alcalde para colarnos en el pleno una iniciativa que ni siquiera incluye la palabra “Alicante”, y con el silencio humillado del Secretario del Pleno Municipal que recordaba aquel “un amigo, un siervo, un esclavo” de José Luis López Vázquez. Una tras otra en esa denodada labor de Barcala de centrar su actividad en la oposición a otras Administraciones a base de azufre, espumarajo y regurgitación. Solo nuestra incredulidad o espanto nos ha impedido dejarle con la palabra en la boca en muchas de esas sesiones. Al menos por el momento.

Esta vez, el silencio de los portavoces de la oposición fue más un silencio por bochorno.  A esas alturas sabíamos perfectamente por qué Barcala había traído esa iniciativa que en nada atañe a Alicante: para compensar la iniciativa de VOX en contra de las agresiones sufridas a sus afines. Mero intercambio de números musicales. Nada más recibir aquella iniciativa, Barcala había tenido la osadía de hacer un vídeo en el despacho de la alcaldía (eliminando del encuadre la bandera de la Comunidad Valenciana) para lanzar un mítin con el que compensar la iniciativa del joven púgil Ortolá. Un vídeo fácilmente parodiable por Cantinflas. La debacle de las catalanas como música de fondo. Ellos, que pretendían que el rojo cambiara a azul en la provincia, ven que el cambio es mes a mes a verde ácido. Barcala, que es un buen caballerizo de ese corcel de madera compuesto por Mazón, Egea y Casado, tenía que hacer algo para compensar, y ya sabemos que Barcala no naturaliza nunca, solo imposta.

Calígula nombrando cónsul a su caballo Incitato. Ricardo III transaccionando su reino por un caballo en la batalla de Greyfriars. Ya es muy tarde: el PP debió hacer caso de Laocoonte, que avisó a los troyanos de que no se fiaran de los griegos aunque les trajeran regalos. El regalo era una foto enmarcada en la plaza de Colón.

Si realmente Barcala hubiera tenido un arranque de sentido de ciudad, habría llamado a todos los portavoces para hacerles partícipes de la iniciativa antes de presentarla cocinada.

Si yo hubiera sido el Alcalde, si realmente pensara que es una declaración institucional precisa para decantarnos por la defensa de la concordia y para condenar a los radicales de uno y otro extremo, habría llamado a todos los portavoces, los habría invitado a la sala de juntas y habría pedido que cerraran por fuera hasta conseguir el consenso. Habría salido de allí con un acuerdo o me habría comido el papel en blanco. Un escrito que condene la violencia puede ser muy breve. Se puede añadir nuestra preocupación porque un tercio de los arrestados en esas algaradas sea menor de edad. Y porque el último sondeo del CIS dice que el 12% de los jóvenes no cree que la democracia sea el mejor sistema de gobierno. Y nuestra preocupación por el desempleo juvenil, y por las dos crisis que se han tenido que tragar como ocas. Y nuestra preocupación porque habrá que explicarles a esos chicos y chicas qué clase de gobernantes son sus padres y madres, esos que cuando eran niños les decían que vivían en la novena economía mundial en pleno vuelo a Eurodisney.

Pero no, ya lo dije en marzo: no busquen en Barcala lo que no es. De Luis Barcala solo queda el púgil que ve que el número de sus derrotas alcanza ya al de sus victorias y que el joven aspirante le está provocando dar demasiados golpes en el aire. Y no sabe si alejarse o abrazarlo. Quizá solo espera que suene la campana. Lo intuyo porque conocí a Barcala cuando yo era director del Teatro Principal y veía que tras esa balacera que me dedicaba al lado de Carlos Castillo y a la que yo asistía en silencio (faltaría más, era un empleado), no había otra cosa que el terror de que sus sueños se cumplieran.

Quizá esta ciudad necesitaba una persona formada en política y de carrera profesional, con largos años de vinculación a un partido y conocimiento de la Administración Local. Mejor incluso si además era una persona leída. Hasta una persona con verdaderas dotes de artista plástico, una persona serena y amigo de sus vecinos. Se podía llamar Luis Barcala o tener otro nombre. Pero no es así. En estos tiempos terribles, no necesitábamos un púgil rígido por los golpes y atenazado por el riesgo de perder el cinturón contra el aspirante de calzón verde. Como dicen los franceses, el miedo no gana batallas. Ricardo III murió en los campos de Greyfriars y los ingleses pasaron de la Casa de York a la de Tudor sin despeinarse mucho. Sus restos fueron descubiertos en un aparcamiento de Leicester en 2012.